Panteón se niega a morir


San Ignacio está dentro de los límites en tierras tamaulipecas; moradores que alguna vez pertenecieron a este singular pueblo, hoy descansan en un pequeño camposanto


Los últimos rayos dorados del ocaso iluminan el antiguo panteón de la localidad de San Ignacio. FOTO: SANDRA JASSO
SANDRA JASSO | 29/10/2017

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NUEVO LAREDO.- Visitar el panteón de San Ignacio, Municipio de Guerrero, Tamaulipas, es adentrase al pasado, en un lugar donde apenas existen ocho familias en casas construidas en piedra añeja en un poblado que se niega a morir.

Sus casas con techos de dos aguas, algunas con láminas acanaladas, son vestigio de tiempos pasados, pero sus moradores que alguna vez se afanaron en el terruño durante su vida, duermen el sueño eterno en el panteón del lugar. 

Al desviarse a un costado de la Carretera Ribereña y tomar la brecha de terracería, es quedarte plasmado por la belleza de sus praderas que la rodean… después de las últimas precipitaciones, el campo está más verde que nunca.

Al poco tiempo, después de esquivar una vaquilla, avistamos el caserío que aún se mantiene en pie en San Ignacio, sus antecedentes históricos se remontan a octubre de 1750, cuando el Rancho Los Moros fue colonizado por habitantes de Nuevo León a invitación de Don Vicente Guerra. 

Datos históricos marcan que Don José de Escandón, Conde de Sierra Gorda, oficialmente fundó una población a nombre de la corona española, llamándola Villa del Señor San Ignacio de Loyola de Revillagigedo.

Pero en 1827 se le cambió el nombre al de Ciudad Guerrero en honor al caudillo de la guerra de Independencia de México, Don Vicente Guerrero y San Ignacio está dentro de sus límites en tierras tamaulipecas.

EL CAMPOSANTO

La localidad de San Ignacio, como muchas otras, conserva su propio panteón, delimitado por una rústica cerca de alambrado y estacas de madera de mezquite que sostienen un pesado portón de rancho ganadero adaptado para el lugar.

Construidas en granito, piedra, cemento, mármol con imágenes religiosas con expresiones dolorosas, dulces o piadosas que parecieran estar vigilantes en el eterno descanso de los que ahí fueron enterrados, acompañados de viejos arreglos florales que han perdido su color.

Las hay desde las finas y talladas a mano con floreros en granito o mármol hasta las más rústicas y sencillas en metal o madera o de hierro vaciado con remaches, que presidieron con el tiempo la identidad de quien reposa en el cementerio.

La hierba crecida apenas si deja ver dentro del panteón lápidas en el sitio donde fueron enterrados los antiguos pobladores, algunas de ellas datan del siglo pasado, otras más recientes del nuevo milenio en adelante, donde el contraste de la construcción es evidente.

LUGAR DE QUIETUD

En el panteón de San Ignacio la quietud inunda el sitio, como para no molestar el descanso eterno de los difuntos, sus restos reposan en tierras tamaulipecas, donde alguna vez vivieron en familia, hoy todo sigue apacible y algunas de ellas bajo la sombra del inigualable mezquite.

En otros, la perpetuidad se dijo sólo en palabras, sus familiares emigraron buscando nuevo horizontes y se fueron; sus muertos quedaron en la misma tierra como esperando su regreso para no pasar al olvido,

Los apellidos que más predominan en las lápidas son los Martínez, algunos descendientes de la Presidenta del Consejo de Administración de esta casa editora y sus hijos, además de los Gutiérrez, Treviño y Uvaldo.

Familiares de estos difuntos emigraron a sitios cercanos de la región noreste, especialmente a Nuevo Laredo, donde estos apellidos son comunes y tienen sus raíces precisamente en este pueblo singular.

Algunos nombres grabados en las lápidas son el del señor Federico Martínez, quien nació el 27 de noviembre de 1882 y falleció el 5 de septiembre de 1940; José María Martínez, quien nació el 15 de marzo de 1892 y murió 7 de diciembre de 1977.

Lucio García Martínez, quien nació el 15 de diciembre de 1872 y su deceso fue el 3 de diciembre de 1945, o la de Reyes Martínez y la señorita E. Martínez, nacida el 21 de marzo de 1857 y fallecida el 7 de diciembre de 1945.

TUMBA MÁS ANTIGUA

La más antigua de las tumbas pertenece a una mujer, quien en vida se llamó Ignacia Gutiérrez, nacida el 9 de diciembre de 1882 y acaecida el 1 de septiembre de 1901.

Algunas tienen un pequeño nicho y lugar donde estaba la fotografía de la difunto.

Los restos de Cesilio Lerma (9 de octubre de 1882-27 de octubre de 1953) están ahí, al igual que los de Lucía del Socorro Uvaldo.

Las manifestaciones de amor están ahí.

 “Tú no has muerto porque sólo es muerte el olvido, y tú vives en el corazón de quienes te queremos”, así quedó plasmado para siempre, escrito en el sepulcro de Paula Evangelina Martínez M., nacida el 29 de junio de 1923 y muerta el 10 de febrero de 1942.

Al término del recorrido dentro del pequeño cementerio, el pasto y los cadillos y algún pétalo de flores silvestres nos acompañaron hasta la salida, pegados a la ropa, para abandonar el sitio, y dejar a los difuntos de la localidad de San Ignacio Municipio de Guerrero en su quietud permanente. 









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