Desaparece el tiempo vestigio de difuntos


Antes de que existiera el panteón de Estación Rodríguez, de Ciudad Anáhuac, fundado en 1940, se destinaba un espacio en los ranchos para dedicar a sus muertos un lugar como su última morada


Lucen las imágenes religiosas. FOTOS: SANDRA JASSO / EL MAÑANA
SANDRA JASSO | 01/11/2017

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El panteón donde reposan los restos de las personas que alguna vez habitaron Estación Rodríguez, localidad de Ciudad Anáhuac, Nuevo León, fue fundado en 1940, pero existieron algunos otros en lugares donde el tiempo se encargó de borrar vestigios.

Rodolfo Sepúlveda López Coordinador, de Servicios Funerarios y Panteón Municipal, se remontó un poco a la historia, porque antes de que existiera, se destinaba un espacio en los ranchos para dedicar a sus muertos un lugar como su última morada.

“Se exhumaron los cuerpos del panteón que existió donde está ahora la escuela Consuelo Cisneros Lara, no tenemos idea de cuántos fueron, se inhumaron, llevaron los restos al nuevo panteón municipal”, informó Sepúlveda López.

Ubicado a un costado de la carreta Monterrey- Colombia, el panteón cuenta con una barda construida en block y malla ciclónica, donde yacen seis ex alcaldes, como Genaro de la Garza, quien falleció a la avanzada edad de 99 años.

Sepúlveda manifestó que no se tiene registro alguno si fueron enterrados en el sitio algunos revolucionarios, ya que muchos murieron incluso antes de la fundación del panteón.

Uno de ellos estuvo en el Rancho Maldonado, ubicado poco antes de la entrada de Ciudad Anáhuac, Nuevo León, pero con el tiempo éstos desaparecieron como los de algunos ejidos de la región.

Dentro del camposanto, la maleza se hace presente, en algunas tumbas que apenas si son visibles para el visitante se puede observar cada detalle de los monumentos e imágenes religiosas construidas en sencilla madera, piedra, cemento y alambrón, hasta las ricas en granito con finos detalles.

Otras lápidas fueron edificadas en mármol de distintos colores que van desde el marmoleado natural, blanco, rosa, gris o negro, como una distinción para el difunto que duerme eterno después de abandonar su vida terrenal.

Algunas de ellas como la de Zoila Villarreal nació el 27 de junio de 1878 y murió en 1978, en el mismo sepulcro está el de su hermana mayor Cristina Villarreal, quien nació en 1875 y acaeció en 1973, otras como la de la niña Carmen Sánchez, que murió el 28 de junio de 1938 poco después de la fundación de Ciudad Anáhuac.

Algunas lápidas sólo están fechadas en 1930, lo que denota fueron estos exhumados y vueltos a enterrar sin nombre con la inscripción “Un recuerdo de su esposo e hijos”, o la de Cerónimo Cruz nacido el 7 de julio de 1871, que falleció el 16 de julio de 1939.

La del señor Juan Carrillo indica fecha de su nacimiento el 24 de junio de 1884 y acaecido el 9 de octubre de 1949, o la de la familia Puente Pérez, cuyas edades de nacimiento se remontan al siglo XIX, la más antigua de 1874.

Al pie de su sepulcro de un joven la familia detalla su sentir ante su pérdida: “Falleció a la edad de 26 años en ciudad Anáhuac, N.L., sus afligidos padres, esposa, hijas y hermanas dedican este humilde recuerdo en su memoria”, pero no indica nombre ni fecha.

La destrucción de algunas no permite la lectura de quienes descansan en el lugar, sólo sobresalen las cruces construidas en madera, metal, forja y rústica piedra y algunas esculturas en mármol, porque el tiempo no perdona.

Una en particular llama la atención, ya que en el lugar lejos del Medio Oriente, en Okinawa, donde nació, yacen los restos de un japonés en tierras mexicanas, se desconoce qué lo trajo a esta región, la muerte llegó a él un 16 de junio a la edad de 64 años en 1935, su nombre Chiuni Kisimoto.

El señor Kisimoto murió en una ciudad recién nacida, donde apenas si se construían algunas viviendas de los primeros pobladores de de Ciudad Anáhuac, esto atrajo la atención de comerciantes de diversos países para vender sus mercancías traídas de tierras lejanas.

Tal vez a Chiuni Kisimoto le tocó ver las tierras que hoy pertenecen a este municipio ser aún de Lampazos de Naranjo, Nuevo León, que fueron cedidas y así crear el distrito de riego que mantiene vivo a hombres y mujeres anahuaquenses.

La perpetuidad está ahora, en una placa metálica grabada de manera rústica con la escritura singular japonesa de un hombre que acompaña a muchos otros de una nación tan lejana como la de él, pero el final es el mismo.

La eternidad los acompaña en una fosa, un cementerio entre capillas contemporáneas, forja e imágenes religiosas, porque no están muertos, sólo su cuerpo acaba y permanecen vivos en la memoria de sus seres queridos.





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